"ARREGLAR" MÚSICA DE OTROS

-por Marcelo Coronel-

 

Una obra musical escrita en el pentagrama, consiste en muchas decisiones tomadas por el compositor o compositora, una suma de acciones realizadas a lo largo de un proceso a veces muy difícil, hasta que finalmente se decide que el universo nuevo tiene su equilibrio, y todo lo que se le pudiera agregar estaría de más. Es el momento en que -al decir de Paul Valéry- «la obra es abandonada».

 

No hablamos aquí de melodías con cifrado, que son obras musicales en estado embrionario. Éstas necesitan que se les asigne un modo de sonar, un sistema de acompañamiento, tomando la terminología de Carlos Vega. Aparece así la tarea de «arreglar», decidiendo qué instrumentos intervendrán, y cómo. Es el modo habitual de proceder en la música popular. Se toma la melodía y se pone a funcionar la creatividad para darle su ropaje sonoro, que incluye casi siempre rearmonización, distribución del canto entre varios, agregado de interludios, etc.

 

Cuando la obra tiene textura y forma definitivamente establecida,  puede decirse que el arreglo es la obra en sí. No necesita arreglarse. Si el compositor o compositora fuesen además intérpretes y tocaran su propia música, aún menos, porque estarían dando testimonio directo de lo que entienden debe ser la obra que crearon. No es habitual que se «intervengan» las obras de compositores europeos del mundo «clásico». Cuando alguien aborda esas partituras, usualmente se toca lo escrito, trabajando para rescatar incluso los detalles expresivos que subyacen en indicaciones de articulación, volumen, velocidad, etc. Pero las obras de compositoras y compositores que son nuestros paisanos, no suelen gozar de igual tratamiento: pareciera que la pertenencia a una misma cultura, fuera un pasaporte para ingresar a un mundo musical que el creador o creadora ha dado por finalizado, y abrirlo para ver qué hacer allí. Entonces comienzan a aparecer finales de frase que en vez de ser hacia arriba, son hacia abajo, o que en vez de tener una nota repetida tienen una escala. Este avance sobre el hecho melódico es particularmente lesivo para la identidad de la música. Y naturalmente no es lo único que se «mejora».

 

En cada elemento de una obra escrita en el pentagrama, hay reflexión, duda y una decisión final. Eso debe ser respetado. Las y los intérpretes, tienen la obligación como artistas de dar su propia versión, de ser originales, pero ésto no incluye modificar la composición. El desafío está en la interpretación. Habrá que ver qué recursos tiene cada quién para realizarlo. Y para aquéllos casos en que hubiera una pulsión creativa, ahí está el papel en blanco, esperando por las nuevas ideas.